jueves, 22 de octubre de 2009

Años 80

Desde pequeño pensé que el año en el que nací, 1991, fue un año precioso. El número de por sí ya hacía denotar particularidad. Capicúa, impar, nueves, unos... Luego el año no fue para tanto, que yo sepa. Se le recordará, si es que ha de ser recordado, como el año en el que se disolvió la Unión Soviética, murió Freddy Mercury, y el Estrella Roja de Belgrado (con Prosinečki a la cabeza) ganó la Champions League.

El caso es que yo me sentía bien por haber nacido cuando nací. Sí, sentía. Sentía porque de un día para otro, como quien no quiere la cosa, ser del 91 dejó de estar bien.

Antes de hacer las maletas para Bristol, le estuve dando muchas vueltas a cómo sería mi vida en Inglaterra. Y lo que podría ser más importante, cómo sería mi vida social. Por un tiempo considerable, incluso asumí que tendría mi propio grupo entre los ingleses. ¡Qué iluso! Los ingleses corren, los españoles andan, los italianos se quedan.

Mi vida ha cambiado. Supongo que la de todos.

Durante años, por no decir toda mi vida, he estado en contra de un montón de cosas, entre las que destacan modas, redes sociales y malos hábitos. Y ahora, las vueltas que da la vida, me encuentro combinando 'modelito' cada mañana (quién tuviera uniforme...), rodando colina abajo del Tuenti para hablar con España, y a un paso de caer en el abismo de Facebook, con propósitos más internacionales. En cuanto a los malos hábitos, el sábado pasado fui testigo pasivo durante largos minutos del 'joint' más grande que yo haya visto en mi vida. Y sin rechistar.

Y trago. Y me guardo todo lo que diría en un ambiente más familiar, al que por poco casi me acostumbré. Y realmente, te hace sentir ajeno. Perdón, me hace sentir ajeno. No sólo por todo eso que haría, y todas las risas que dejé en el limbo. Es miedo. Es normal tener miedo a los primeros pasos de un camino, un camino del que, al fin y al cabo, no se conoce ni su recorrido ni su destino.

Esto no es nada nuevo. Nada que no haya pasado antes. Sin embargo, esta vez hay un elemento de complejidad añadida.

Como iba diciendo, yo tenía una idea de lo que iba a ser Bristol, y al final la esperanza sucumbió ante el realismo de la soledad. Suena un poco duro, quizás exagere ahora, que ha pasado casi un mes. Los dos o tres primeros días, los pasé con más pena que gloria, asesinando horas en una silla. Luego encontré a una 1989 por casualidad, o más bien por fortuna. Me la crucé por las escaleras, escuché su español ligeramente agallegado, y pedí el número de contacto. Hice bien. Ella me presentó a un grupo de europeos, que acabaron o acabarán por convertirse en, digámoslo en alto, mi grupo.

Entre otros, un 1987 y una 1986 salmantinos, un 1984 madrileño, un 1981 italiano, un 1980 alemán. El primero se acuerda del 'Dream Team', la segunda de las Olimpiadas de Barcelona, el tercero del Muro de Berlín, el cuarto de Borges, y el quinto... Bueno, el quinto es el que no sabe qué hacer en una discoteca hasta que suena Nirvana.

Así, rodeado de los años 80, me siento ajeno. Un niño de infantil que se creía mayor por ir al colegio hasta que se encontró con los mayores de 6º y le echaron del campo de fútbol.

Así, rodeado de los años 80, ser del 91 dejó de estar bien. Pasó a ser, simplemente, otra generación. Una pieza mal asignada a un rompecabezas al que no pertenece, pero en el que debe esforzarse por encajar.

Me siento ajeno, raro... Pero también especial. Al fin y al cabo, hasta hace un mes, nunca se le habría pasado por la cabeza a este 1991 acercarse o hablar en su colegio a una persona de los años 80. Al hermano de Isabel, a la hermana de Inés.

Y de repente... Es uno más. Diferente, se sabe diferente, le saben diferente. Pero uno más.


Dios nos dio la memoria para que pudiéramos tener rosas en diciembre.


James Matthew Barrie, escritor de "Peter Pan".

viernes, 2 de octubre de 2009

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O

El círculo se cierra. El círculo se abre.

Estoy en ese punto, de existencia conocida, pero de imposible ubicación. Estoy en él una vez más, lo sé, lo reconozco, no lo recordaba así. Habiendo recorrido el ayer y el mañana, y así habiéndolos registrado como iguales, creía que hoy sería un día más. Pero no. Visto desde lejos, si me pongo en la perspectiva de cualquier otro a mi alrededor, todo es lo mismo, todo da igual. Pero no. Hoy es único, tan similar y tan único, no lo recordaba así.

Vivo sin parar, sin tener siquiera un momento para pensar en volver. Tampoco es que me importe, ¿quién querría volver? No por retroceso, sino por indiferencia. Al fin y al cabo, ayer está tan, tan lejos de hoy como mañana. No, no querría volver. Si pudiera parar, pararía y ya está. No ahora, claro, sino en un momento en el que disfrute de tiempo y de por sí. Un momento en el que tenga un momento y quiera un momento más. Si pudiera parar, de ser esto así, no pensaría en el tiempo, aunque llevo tiempo pensando si así, esto sería parar de poder. De poder llegar a algo, me refiero. De poder avanzar. Puede que el punto muerto sea peor que dar marcha atrás. No importa, nunca lo sabré.

En efecto, ya se acerca algo. Comienzo un camino familiar, una vía en la que no veo, pero sí siento mis huellas. No sé por qué estos nervios. Si ya he andado por aquí, si ya lo he hecho todo antes. Y, sin embargo, estos nervios. Sé lo que viene ahora y lo que vendrá después, sé que seré feliz. Y aún así, estos nervios. Comienzo un camino familiar, pero realmente desconocido. Circunstancias diferentes, alrededores diferentes, y el mismo camino. Una y otra vez. Vaya, de verdad no contaba con estos nervios.

Allá voy, si me estáis escuchando, deseadme suerte. Los nervios se pasarán, como siempre ocurre. Hasta luego. Sé que volveré. Siempre he vuelto. Y siempre tan igual. Y siempre tan diferente. Me voy. No porque yo quiera. Sino porque el tiempo llega solo. Ya es casi mañana. Adiós. Perdonadme, son los nervios. Nervios al pensar que quizás no esté todo tan claro, y que si todo es tan diferente, y si todo es tan igual, ¿me equivocaría al juzgar como círculo una espiral?


o

Hace cuatro años yo vivía el que hasta entonces era el verano más extraño de mi vida. Con 14 años, acababa de volver de Irlanda y me encontraba a medio camino de dejar mi colegio de toda la vida y empezar una nueva etapa en un colegio británico. Al haberme pasado los anteriores seis meses en el extranjero, las amistades en casa estaban muy deterioradas, y más si tenemos en cuenta la edad. Yo realmente tenía miedo. No más de lo normal, sólo el típico miedo.

El verano se desarrollaba más lenta que rápidamente. Los días eran agotadoramente largos sin nada que hacer. Había vuelto a casa en mitad del que sería el año más caluroso y seco en mucho tiempo en España. Era el verano de 2005, aquél en el que Lance Armstrong ganaba su séptimo y último Tour de Francia, el de la remontada del Liverpool al Milan en la final de la Champions League, el del Huracán Katrina, el de Forlán quitándole la Bota de Oro a Eto'o, el de Eto'o gritando "Madrid cabrón, saluda al campeón", el de los atentados de Londres, el de Madrid 2012.

Hoy escribo desde Bristol. Parece que las cosas han cambiado... Pero no tanto. Así, hemos visto cómo Lance Armstrong volvía a correr, el Milan le devolvía la final al Liverpool dos años después, Nueva Orleans se ha medioreconstruido, Forlán vuelve a ser Bota de Oro, Eto'o ha movido su odio de Madrid a Barcelona, yo me he venido a vivir cerca de Londres, y volvemos a caer con Madrid 2016.

Me preparo para un nuevo comienzo, "a fresh start" que dicen aquí, una nueva vuelta de tuerca a mi vida, un nuevo ciclo que cumplir. Se repite la historia cuatro años más tarde.

A todos los que estéis interesados en saber qué tal me va, o cómo es todo por aquí en Bristol, estáis invitados a este blog que hoy estreno. Un blog que tiene predecesor, pero con el que sólo comparte autor. Este blog no lo escribo por necesidad, ni por sensaciones acumuladas, ni por alzar la voz. Mil Doscientos Veinte refleja cosas totalmente distintas, más positivas. Refleja mi pasión por escribir (y las ganas de ello), mi cambio como persona hacia el mundo adulto, y el puente entre mis dos casas: Madrid y Bristol. Disfruto haciendo esto, y espero que vosotros también podáis disfrutar leyéndolo.

Empiezo a contar de cero. Nueva vida, nuevo blog. Mil Doscientos Veinte momentos que compartir. Mil Doscientos Veinte sentimientos que escribir. Mil Doscientos Veinte kilómetros que recorrer.