El caso es que yo me sentía bien por haber nacido cuando nací. Sí, sentía. Sentía porque de un día para otro, como quien no quiere la cosa, ser del 91 dejó de estar bien.
Antes de hacer las maletas para Bristol, le estuve dando muchas vueltas a cómo sería mi vida en Inglaterra. Y lo que podría ser más importante, cómo sería mi vida social. Por un tiempo considerable, incluso asumí que tendría mi propio grupo entre los ingleses. ¡Qué iluso! Los ingleses corren, los españoles andan, los italianos se quedan.
Mi vida ha cambiado. Supongo que la de todos.
Durante años, por no decir toda mi vida, he estado en contra de un montón de cosas, entre las que destacan modas, redes sociales y malos hábitos. Y ahora, las vueltas que da la vida, me encuentro combinando 'modelito' cada mañana (quién tuviera uniforme...), rodando colina abajo del Tuenti para hablar con España, y a un paso de caer en el abismo de Facebook, con propósitos más internacionales. En cuanto a los malos hábitos, el sábado pasado fui testigo pasivo durante largos minutos del 'joint' más grande que yo haya visto en mi vida. Y sin rechistar.
Y trago. Y me guardo todo lo que diría en un ambiente más familiar, al que por poco casi me acostumbré. Y realmente, te hace sentir ajeno. Perdón, me hace sentir ajeno. No sólo por todo eso que haría, y todas las risas que dejé en el limbo. Es miedo. Es normal tener miedo a los primeros pasos de un camino, un camino del que, al fin y al cabo, no se conoce ni su recorrido ni su destino.
Esto no es nada nuevo. Nada que no haya pasado antes. Sin embargo, esta vez hay un elemento de complejidad añadida.
Como iba diciendo, yo tenía una idea de lo que iba a ser Bristol, y al final la esperanza sucumbió ante el realismo de la soledad. Suena un poco duro, quizás exagere ahora, que ha pasado casi un mes. Los dos o tres primeros días, los pasé con más pena que gloria, asesinando horas en una silla. Luego encontré a una 1989 por casualidad, o más bien por fortuna. Me la crucé por las escaleras, escuché su español ligeramente agallegado, y pedí el número de contacto. Hice bien. Ella me presentó a un grupo de europeos, que acabaron o acabarán por convertirse en, digámoslo en alto, mi grupo.
Entre otros, un 1987 y una 1986 salmantinos, un 1984 madrileño, un 1981 italiano, un 1980 alemán. El primero se acuerda del 'Dream Team', la segunda de las Olimpiadas de Barcelona, el tercero del Muro de Berlín, el cuarto de Borges, y el quinto... Bueno, el quinto es el que no sabe qué hacer en una discoteca hasta que suena Nirvana.
Así, rodeado de los años 80, me siento ajeno. Un niño de infantil que se creía mayor por ir al colegio hasta que se encontró con los mayores de 6º y le echaron del campo de fútbol.
Así, rodeado de los años 80, ser del 91 dejó de estar bien. Pasó a ser, simplemente, otra generación. Una pieza mal asignada a un rompecabezas al que no pertenece, pero en el que debe esforzarse por encajar.
Me siento ajeno, raro... Pero también especial. Al fin y al cabo, hasta hace un mes, nunca se le habría pasado por la cabeza a este 1991 acercarse o hablar en su colegio a una persona de los años 80. Al hermano de Isabel, a la hermana de Inés.
Y de repente... Es uno más. Diferente, se sabe diferente, le saben diferente. Pero uno más.
Dios nos dio la memoria para que pudiéramos tener rosas en diciembre.
James Matthew Barrie, escritor de "Peter Pan".




una vez mas, grande,GRANDE pero catastrofista diria yo.
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